miércoles, 3 de marzo de 2010

La cosas que me haces hacer, Sonia Rykiel

Me prometí a mí misma no volver a sacar la tarjeta. Entre otras cosas para no mentir a nadie más. Al final decidí esconderla en el bolso y salir sin el DNI. Así me ponía las cosas difíciles, y si me entraba la locura alguien más tendría que hacer las cosas mal. Yo soy así, de culpa generosa.
Con esta idea de no gastar anulé en mi cabeza que el 20 de febrero la colección de Sonia Rykiel aterrizaba en HyM.
Parecía que el sábado se presentaba fácil, hasta que a las seis de la tarde se cruzó en mi camino un tío con una bolsa de Sonia Rykiel para HyM. Literalmente me avalancé sobre él. " Perdona, ¿a qué hora fuiste? " Mi mente, mucho más maleducada gritaba: DIMELO! NO ME TORTURES MÁS, HOMBRE CRUEL ¿¿¿Estoy a tiempo de pescar algo???
Pues sí, pesqué. Me hice con todo al grito de: pagamos con tarjeta, (y ya devolveremos). Al final piqué el anzuelo, y no me di cuenta de mi propia trampa hasta el momento de pagar. Como no llevaba ni el carné del videoclub, me dijeron que nones, pero me aseguraron que guardaban mi bolsa. Puedes venir mañana.
Mañana era domingo, y yo viajaba a las 19.30. Lo que quiere decir que el sábado salía. Vamos, que me desperté a las 4. De 5 a 6 estuve valorando si me daba tiempo a llegar o no al rescate de mi bolsa. Al final decidí que dejaría al taxista la suerte de mi bolsa. Hice las dos peores maletas de la historia. Metí todo el armario en ellas, y lo que no cupo me lo puse encima. Hasta un tocado que con las prisas consideré imprescindible para pasar una semana en casa de mis padres.Llevaba tantas capas encima que no me podía ni abrochar el abrigo, tocado incluido. Tres taxis se hicieron los locos y pasaron de largo. El cuarto me miró estupefacto cuando le dije si podía parar en plena Gran Vía.
Con mis tres bultos aparecí en la estación. Un cuadro. Me subí al tren. Aluciné con los nuevos AVE. Las plataformas entre vagones son como el descansillo de la Estrella de la Muerte. Mira qué bien, en este hueco me voy a poner a rehacer la maleta. 19.25 h. Sale un tipo del vagón y se oye una voz que dice claramente: "Les recordamos que este tren va dirección Sans Barcelona". Levanto la vista horrorizada. "Dime que este tren no va a Barcelona". "Sí". "Yo voy a Sevilla". Con toda su buena intención se puso manos a la obra y empezó a lanzar fuera del vagón la bolsa, la maleta, el bolso. Y entonces bajó la maleta. La que estaba rehaciendo. Era como ver la Puerta del Sol el día 1 de enero. Sólo que mi ropa hacía las veces de confeti. El ordenador lo cogí al vuelo. Intentó ayudarme a recoger, pero le pedí que se subiera o íbamos a ser dos los que nos quedáramos en tierra. Lo hice para salvaguardar mi integridad física. ¿Qué se le dice un tipo que no conoces de nada cuando su tren le deja en el andén porque te ha bajado el equipaje? Yo tampoco quise averiguarlo.
Pedí socorro a dos portamaletas. Que hicieron lo mismo a la vía inversa. Del andén al tren de enfrente. Y yo detrás recogiendo mi ropa. No perdí el tren. Y lo que empezó como una idea sin fundamento acabó siendo una necesidad. Hice la maleta muriéndome de la vergüenza, diciéndome a mi misma que la próxima vez viajaba con una muda y ya. Con la cabeza más agachada que una nipona sirviendo el té aguanté los comentarios jocosos sobre "el mercadillo" que tenía montado. Pero la reina del tricot ya cuelga en mi armario. Y sé, que volvería si el taxista me dijera que sí, volvería a hacerlo.



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