Querido Señor Delibes: Madrid, 12 de marzo de 2010
Siempre he sido una lectora amante del sobresalto. No precisamente por mi gusto por el género de suspense, si no porque más me viciaba en una lectura si tenía que estar a mis responsabilidades. A saber, con 11 años ya se puede imaginar que era estudiar o hacer mi cama los sábados. Fino trabajo de disimulo aparentar que has estado recogiendo tu habitación durante cuarenta minutos. El resultado eran treinta y cinco minutos de lectura frenesí, con una oreja en el pasillo atenta a lo que se avecinaba y sin descuidar la pose ( punto importantísimo porque si la puerta se abría, tenía que parecer lo que no era). Los cinco minutos restantes, los últimos, los dedicaba a apilar todo lo que hubiera por medio en el armario y estirar la colcha.
Quico, la Vito y Domi... recuerdo perfectamente a mi padre forrándome el libro para el colegio. Los dibujos en blanco y negro. La sensación de tener un libro "de mayor". Tenía nueve años. Entonces era la Señorita Gloria con sus gafas enormes de pasta, el moldeado en el pelo y un baby mil rayas amarillo.
¡La de veces que hacía que estudiaba con un libro suyo camuflado en los de Sociales...Los pasos de mi madre suenan por el pasillo. La oigo venir, pasa el cuarto de Jaime, el de Alfonso. Viene al mío. Se para en la puerta. Un segundo suspendido. Sigo leyendo. El picaporte se mueve. Tres palabras más. Otro segundo .... y a pesar de todo me asusto. Tapo el libro. "¿Qué haces?" La más delatora de las voces contesta con un hilo cantarín "Estudiandooooo". Me las sabía todas. La técnica de levantarse para "interceptar" a mi madre y preguntarle cualquier cosa con tal de alejarla de la mesa. O si la cosa ya pintaba difícil y la escena se había repetido durante toda la tarde, entonces me la tenía que cruzar ya en el pasillo y hacer cómo si fuera a por agua, a por un sacapuntas o lo que fuera. Con mi padre era otra cosa. Más fácil. Con el "estudiandooooo" casi siempre valía. Y si te pillaba me echaba una miradita y me decía : "Venga, estudia." Pero ahí me dejaba, con el objeto de mi deseo. Por cierto, y no viene a cuento, la primera vez que recuerdo a mi padre hablándome más serio fue porque tiré al suelo y estropeé una esquina de "Coleta ya no quiere ser poeta" de Gloria Fuertes.
Mi madre, como le decía, me veía venir mucho más, y viendo que no iba a aprobar ni una me llevaba a dónde estuviera o montaba campamento en mi cuarto y se ponía a hacer punto. Entonces yo escondía el libro en el baño, y en cada escapada tardaba diez minutos. Mi madre habrá podido tejer jerseys para todo el colegio.
Entenderá que me pareciera mucho más interesante averiguar en qué acababa el odioso de Sisí al número de habitantes de Zaragoza. Ya podría usted haber escrito mi libro de Sociales, y sabría algo más aparte de que era azul, con un círculo en medio tricolor y de Ediciones Santillana. Ahora bien, como parapeto no tenía precio.
"Cinco horas con Mario" lo perdí por prestárselo a Amanda. Y cuando publicó "El hereje" tenía la esperanza de que no fuera el último, a pesar de que en cada entrevista usted venía avisándolo.
Hoy tendría que estar estudiando, pero aquí me tiene, despidiéndome.
Ya ve, usted se va con la señora de rojo, y yo me quedo aquí con las ganas de seguir teniendo 11 años y disfrutar de una lectura con sobresalto.
Gracias,
Carolina
No hay comentarios:
Publicar un comentario